Rómulo sin remos

Ovidio continúa contándonos en este capítulo XIV el viaje de Eneas. Así como todos los caminos terminan en Roma, pareciera que todas estas historias de metamorfosis también. A un modo del efecto mariposa, la guerra de Troya lleva a este héroe a terminar en la futura capital italiana. Todo lo referente a la apoteosis de Rómulo lo quiero dejar para el siguiente capítulo. Me dio la sensación de que hubo una transición, a lo largo de todo el libro, pero que terminó de concretarse ahora. Esto es el paso de la cultura griega a la románica. Sus dioses. ¿Esa será la voluntad del pueblo troyano? 

Pero la verdad, me gustaría centrarme en dos historias que me han dado que pensar.

Primero el encuentro entre Eneas y Sibila. La mitología tiene un poder que trasciende las épocas por la profundidad de sus símbolos, pero por sobre todo por el vínculo que nosotros, los humanos, entablamos con ellos. Antes de llegar a Lacio, Eneas necesitó cumplir con un paso fundamental en su crecimiento interior: el encuentro con el padre, o mejor dicho con el alma del padre.

Seas una diosa de verdad, seas una favorita de los dioses, para mí serás siempre como una divinidad, y reconoceré que estoy en deuda contigo que quiste que yo visitase el país de la muerte, lo viera y escapase de allí...

En el tan mencionado proceso de individuación, el trabajo con nuestra interioridad requiere la confrontación con el padre. La forma en que se llega es por medio de una anciana sabia que tuvo la belleza para recibir la gracia de Apolo, pero no la desinhibición para ver la luz del sol, de la verdad. Ese es el trato con el Ánima que nos lleva por los canales pantanosos de nuestro inconsciente, un camino tortuoso y peligroso, pero no "inaccesible para la virtud". 

Hay un punto que me parece descomunal, no sé si será la intuición de la época o qué, pero tiene que ver con la naturaleza del Ánima que nos lleva a nuestro interior. Eneas le pregunta a Sibila si es una diosa (o mejor dicho que no le importa si lo es o no), pero ella contesta que no. El Ánima encargada de llevarnos a nuestro mundo interior si bien es de naturaleza divina (arquetipal) no es más que la encarnación personal y subjetiva cargada por nuestra propia experiencia, eso hace que el camino sea el nuestro, y no de cualquier otro. Esto no quiere decir que el Arquetipo del Ánima se convierta en un Complejo, como si sucede con el Arquetipo del diablo que se convierte en el Complejo de la Sombra. Significa que los símbolos e imágenes que los que el Ánima se comunica con nuestra consciencia son de carácter personal.

En segundo lugar, la imagen mítica que más me llegó del libro es el de "El olivo salvaje". ¿Qué parte de nuestra alma será esa gruta, sombreada por densa maleza, en la que hoy habita Pan pero en otro tiempo fueron las Ninfas? El dios Pan representa la conexión con nuestros instintos, pero también es el origen del miedo, los ataques de pánico y la caracterización de los trastornos de ansiedad. Ese lugar donde se encuentra el olivo salvaje, de donde el Pastor de Apulia ahuyentó a aquellas ninfas que bien son las voces que nos conectan con nuestro interior. Un lugar al cual hoy tememos entrar.

No tengo claro cuál es ese lugar, pero si algún día llegan, y luego de sorprender a las Ninfas (porque las van a sorprender), ellas en modo de desprecio se pongan a bailar en sincronía, no se burlen de ellas. Vean, sean humildes, pidan permiso y agradezcan haber llegado al sitio donde se encuentra toda la potencialidad humana y no haberse encontrado con Pan. Tampoco se burlen si no logran entender lo que ven, simplemente reténganle en la memoria y regresen.



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