El finalissimo oficialista de Ovidio
El último libro de Las metamorfosis de Ovidio comienza con una transformación de piedras a cargo de Hércules fase dios. El tema no es menor, ya que esas piedras eran usadas por los jueces para dictaminar culpables e inocentes. Cada juez tenía dos piedras, una blanca para los inocentes y una negra para los culpables. A la hora de determinar un caso cada juez ponía su piedra en una bolsa común y luego se contaban todas ante el jurado para la sentencia final. Hércules adultera un juicio y cambia el color de todas las piedras a blanco para absolver a Micilo. No será ni el primero ni el último caso donde los dioses se entrometen en la justicia humana.
Luego, Ovidio nos cuenta la historia de uno de los primeros romanos ovolacto vegetarianos que predicaba no matar para comer viviendo a base de leche, miel, frutas y hierbas (Legalicenla). Este tipo se ve que había leído cosas budistas o hindúes porque venia con la vaina de que las almas salen del cuerpo y pueden reencarnar en animales. También contó la historia del Ave fénix de los sirios.
Despues del veganismo y una miscelánea de metamorfosis falopa que no aportan demasiado a la trama, Ovidio cuenta como los romanos adoptaron al dios griego Esculapio, cuando los salvó de una plaga en toda Italia, transformado en la serpiente y el bastón, clásico símbolo de la medicina hasta nuestros días. Buena transformación que pegó milenios de fama. Ovidio aprovecha esta historia para decir que Esculapio no es un dios romano, que es intruso entre los romanos, que el verdaero dios de Roma es (plot twist):
Julio Cesar.
Si. El tipo que cruzó el Rubicón con su ejercito y se erigió cónsul cagándose en la república, que después fue apuñalado en las calles de Roma por sus amigos en pleno día, por hacer una de más. Un chico común como solía haber en cualquier barrio de hoy, es convertido en dios por la pluma del poeta. Por eso lo enparentó con Venus y con Troya, Ovidio viene tejiendo esto desde hace rato, y muchas de la metamorfosis que va mechando son para convertir al linaje de Augusto en divino. ¿Para qué? Para que lo perdonen. Resulta que Ovidio escribió un librazo: "El arte de amar", donde enseñaba, sin escrúpulos, a conquistar mujeres en la antigua Roma. Era un manual de chamuyo de principios de siglo. A Augusto esto lo puso del tomate porque, a pesar de ser un tirano y cagarse en la república como su tío, era muy moralista. Entonces, desterró a Ovidio y lo mandó a orillas del mar negro, a lo que hoy es Rumania, en esa época, los últimos límites de la loma del orto. Ovidio le escribió cartas, obras enteras, pidió a sus amigos y a su mujer que lo salvaran, pero nadie pudo hacer nada. Augusto murió y su hijo Tiberio tampoco revocó el exilio del poeta que estiró la pata lejos de su tierra. El ayuntamiento de Roma revocó la condena de Ovidio en 2017, quizas, un poco tarde.
En las últimas líneas de Las metamorfosis Ovidio reserva una profecía para sí mismo que, hasta ahora, se viene cumpliendo:
Mi nombre brillara para siempre. Y mi verso sobrevolará todos los confines, mientras dure la gloria romana, es decir, por los siglos de los siglos.
No se si Cesar y Augusto estarán sentados ahora con los dioses del Olimpo, pero tanto ellos como Ovidio han logrado ser, de algún modo, inmortales.

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