Murallas personales

En pleno fervor de la Odisea de Nolan, nos toca escuchar uno de los tantos cantos que seguramente se oían en la época sobre la guerra de Troya.

La historia comienza con el ejercito invasor ya renegando en Áulide, literalmente no había viento en popa y el mar estaba picado. Esta gente, que tenía una -dudosa- interpretación para sacarse predicciones del ojete, entendieron que tenía que sacrificar a la hija del rey para que los acompañe el clima y poder zarpar re zarpados:

"Después que la razón de estado venció el amor por la hija, el rey al padre..."

Esta idea nos recuerda que en algún punto somos todos aquellos roles que desempeñamos: somos hijos, amigos, parejas, trabajadores, ciudadanos, jefes, padres, hermanos, etc. En el ideal de los casos todo esto vive en armonía, aunque no es inusual que exista por momentos un desequilibrio resultado de un conflicto de intereses. Las grandes empresas cómo las invasiones a Troya, requieren para su éxito tomar desiciones desde lugares incomodos.

Lo que me resultó totalmente curioso de este texto, es que conocía la versión en que Agamenón efectivamente mataba a su hija (de ahí todo el quilombo que se le arma con Climenestra al volver de la guerra). Sin embargo, pareciera que tal y como le sucedió a Abraham en el antiguo testamento, Ovidio nos cuenta que era todo una prueba de fe. En algún punto quiero creer que el sacrificio en realidad se realizó, de una forma u otra, matándola o enviándola a un convento de Artemisa, uno entrega su rol de padre para empoderar su rol de rey.

Jung nos recuerda la importancia de que "...de la misma forma que soy capaz de ver lo que mi cargo reclama de mí y lo que yo deseo, puedo aprender a diferenciar igual de bien lo que quiero yo de lo que lo inconsciente me impone".

Los invasores llegaron a playas troyanas, y gracias al chusmerío de la Fama los locales estaban preparados para lo que se venía. Quizás hubiesen tenido alguna chance de no ser por la furia de Aquiles que se encargó de limpiar al -creo- único Campeón semi-dios que tenían los de la muralla llamado Cigno.

En los festejos por la toma de las playas troyanas, de forma totalmente inadvertida y contado como para querer explicar otra cosa, un veterano le cuenta a Aquiles y a los muchachos en un asado cuenta las que considero hasta ahora las dos mejores historias de las Metamórfosis,  entre las cuales narra como fue la famosísima gresca entre los Centauras y los Lápitas.

Por un lado la historia de Ceneo, que en un rechazo traumático de su Ánima/feminidad, se convierte en pibe e inmune al acero. En realidad creo que es un caso hasta contrario al de Cigno que su fortaleza la sacaba de ser hijo de un dios. Es decir, la inmunidad del primero era debido al favor recibido por el dios del mar pero luego de una violación, en términos psicológicos un mecanismo de defensa rígido producto de un trauma. Cigno recibe el mismo don pero por el hecho de ser "hijo de...". Lo importante a entender en ambos cosas es que ningún mortal es inmortal, ni ninguna psiquis impenetrable.

La guerra de los Centauros contra los Lápitas, tan famosa que fue grabado en el Partenón de la acrópolis de Atenas, suele asociarse a la lucha humana entre el hombre civilizado y el hombre primitivo/mitad animal: "Al punto recibe Hilónome aquellos miembros moribundos, y poniendo encima sus manos calienta la herida y junta su boca a la de él e intenta cerrar el paso del alma que se escapa" es el impedimento de la trascendencia e intentar el alma, ya muerta, en el plano terrenal.

La moralejea que nos deja Cigno es que perder nuestra feminidad es quedar a merced de la expresión inmadura e impulsiva de los instintos más primitivos y salvajes. Quizás seamos inmunes a las cuchilladas y espadas por la espalda, pero nada nos va a librar de la ferocidad y fuerza de nuestro animal más primario.


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