Metamorfosis e identidad

En el libro VIII encontré, entre desdichas del pobre Dédalo, que no la para de cagar, e historias de daddy issues, el recuerdo de dónde debería estar el foco de las historias: la metamorfosis. Algunas publicaciones atrás hablé de que los cambios de formas podrían asociarse a una revelación de la verdadera esencia, mostrar la verdadera naturaleza de las personas. Sin embargo, en este capítulo, la facultad de transformar su cuerpo toma otro matiz al no funcionar únicamente como castigo o salvación de último momento.

En cuanto al asunto paternal, Escila, hija de Niso, a quien el rey Minos le estaba comiendo la muralla en una guerra, parecía que dicha situación la estaba hoteando desde el palco preferencial. Uno podría pensar que es un nuevo caso de síndrome de Estocolmo; sin embargo, hay algo más profundo y psicológico que tiene que ver con la pertenencia familiar y la identidad. El psicoanálisis nos trae una lectura incestuosa de la proyección parental sobre nuestros amantes, y, si bien hay algo de eso, fundamentalmente las nuevas parejas (como casi todos los vínculos a partir de la adolescencia) representan el campo sobre el cual explayamos nuestra identidad. Hay un momento donde debemos matar (SIMBÓLICAMENTE) a nuestros padres y pasar las murallas de nuestra pertenencia familiar y conectar con un mundo externo y nuevo. El problema, como con casi todo lo psíquico, es la literalidad. La piba mata a su padre y le entrega el reino a Minos, y este, que tiene un poco más de moral, dice "ah no, así no tiene gracia" y dan por finalizada la gresca, no sin antes maldecir a la parricida.

De modo contrario sucede con Erisictón, un tipo al cual no le podían importar menos las divinidades. Era un capitalista cualquiera, desforestando bosques y limpiando ninfas, hasta que un día se topó con la equivocada. Fue maldecido con el Hambre, o mejor dicho, la sensación de insaciabilidad eterna. Luego de comerse todas sus ganancias, vende a la hija que, por haberse encamado con Neptuno, logra un power-up de transformación, escapa de su comprador y vuelve con su padre. Acá veo dos lecturas diferentes dependiendo la perspectiva. Por un lado, creer que nuestros hijos podrán saciar nuestras necesidades o falencias psíquicas es totalmente erróneo; por el contrario, los arrastraremos a ellos en un camino de sufrimiento y pérdida de identidad, y nosotros entraremos en un círculo vicioso de autofagia psíquica. Por otro lado, desde la perspectiva de la hija, tomar la elección de pareja o de nuevas pertenencias siendo presos de las influencias paternales, nos lleva una y otra vez a los fracasos identitarios. No sé quién soy cuando me alejo de mi hogar, por lo cuál debo regresar compulsivamente.

Siento que los cambios de apariencia son un reflejo de la identidad. Cuán dueños somos de esa identidad, y cuánto nos lo gestionan los instintos (identidad-animal). El punto más difícil del camino que nos lleva a la trascendencia o realización es saber que, como dijo Jung, "hay momentos de la vida en los que intervienen los dioses". Las figuras mitológicas como el Hambre aparecen para darnos sensaciones corpóreas, pero los dioses surgen de lo más profundo de nuestra psique para marcarnos el camino. Dédalo cometió el error de darle a su hijo la responsabilidad de la trascendencia. Es curioso que muchas de las metamorfosis sean aves, y aves que no se cuestionan si deben volar alto o volar bajo, porque instintivamente lo saben. Ícaro no lo sabía y el calor del sol lo puso en su lugar. La luz de la iluminación sesga a quienes no están preparados para ver.

Creo que es fundamental para el crecimiento desarrollar una intuición que apoye al ser racional que somos; hay momentos para saber, y momentos para confiar.

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